Comunicación interpersonal: El arte de hablar, escuchar, conversar y dialogar.

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Comunicación interpersonal: El arte de hablar, escuchar, conversar y dialogar.

 

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El arte de conversar y dialogar. 

Por Javier Saura. 

Nueva Acrópolis. 

 

El lenguaje nos permite desarrollar aspectos fundamentales del ser humano: conocer y comunicarnos con los demás y con el mundo circundante; acercarnos a lo transcendente; y conocernos a nosotros mismos, identificando lo que nos sucede e incorporando la experiencia que extraemos de nuestra relación con los demás.

 

El milagro del lenguaje

 

El ser humano es un ser social por naturaleza: nuestra evolución y desarrollo, tanto físico como psicológico, mental y espiritual va de la mano de la vida en sociedad.

 

Vivir en sociedad sin más, unos junto a otros, nos aporta las ventajas del grupo, de la manada: mejor protección y seguridad, más capacidad de adquirir alimentos y de asegurar la reproducción de la especie; en síntesis: mayor capacidad de supervivencia.

 

Pero para que haya verdaderos factores culturales que provoquen un cambio profundo basado en el mejor aprovechamiento de las capacidades y recursos del grupo, en lo individual y, a la vez, en lo colectivo, es necesaria la “organización”: una sociedad organizada, estructurada, donde hay un sistema de valores que establece una jerarquía que va de la mano de un reparto de funciones, lo cual permite establecer unos objetivos diferentes, pero complementarios, a alcanzar por parte de cada grupo que compone la sociedad organizada; surge así la especialización y el compartir, base del desarrollo y progreso de la humanidad.

 

El lenguaje hablado es el gran factor determinante de la existencia de la sociedad organizada. Porque una cosa es el lenguaje de gestos, que nos sirve para cosas básicas y materiales, y otra muy diferente el habla, que nos permite expresar ideas, compartir experiencias y transmitir más conocimientos de una persona a otra y de una generación a la siguiente.

 

El lenguaje, al identificar las cosas y reconocer sus características, nos permite desarrollar tres aspectos fundamentales del ser humano:

  • conocer y comunicarnos con los demás y con el mundo circundante;
  • acercarnos a lo transcendente, al sentido íntimo y oculto de la vida, ya le llamemos Dios, Espíritu, Mente Universal, Fuerza, etc.; y
  • conocernos a nosotros mismos, identificando lo que nos sucede e incorporando la experiencia que extraemos de nuestra relación con los demás, con la naturaleza y lo sagrado.

 

Saber hablar 

 

¿Cuál es el problema? Hablemos claro: una cosa es hablar, otra conversar y otra muy diferente dialogar. Nosotros hoy las usamos para expresar lo mismo, pero no es así.

 

Los tres tipos de lenguaje: intrascendente, técnico-cotidiano y “el lenguaje del alma”.

 

El lenguaje intrascendente:

 

Es necesario para la vida en sociedad porque nos permite “acercarnos” unos a otros, así como hablar de las cosas no trascendentes de nuestra vida, personal y social, que son muchas. También sirve para “descargarnos de tensiones”. Se relaciona con el ocio o tiempo libre.

 

El lenguaje intrascendente extremo. Es banal, superficial, no nos aporta nada profundo ni duradero a nuestras vidas. Hoy es el lenguaje más común de la gente, con el que se pasan horas “hablando, pero sin decir nada”. Lenguaje social pero sin contenido. Ejemplo: todos los programas de deportes, donde se pasan días y días hablando de si un equipo fichará a Pepito o lo fichará el rival; los programas y parloteos tipo “salsa rosa”, donde se critica a todo el mundo pero no se saca nada positivo, ningún valor a destacar; el parloteo de los adolescentes de 14 a 17 años, que pueden tirarse una noche hablando sin decir nada coherente.

 

El lenguaje intrascendente moderado. Desarrolla en nosotros los afectos por las personas, estableciendo vínculos de amistad. Hay un interés por “conocer” al otro, lo cual nos ayuda a ir dando forma a nuestra “vida interior”.

 

El problema es que, actualmente, el intrascendente extremo es el lenguaje utilizado por la mayoría de la gente. Usado en exceso reduce nuestro nivel cultural y capacidad de criterio, pues tiende a caer en el infantilismo de relacionar lo bueno con lo que nos gusta y nos atrae, y lo malo con lo que nos desagrada y repele, en vez de hacerlo con criterios de justicia: si es o no justo. Nos debilita al hacernos caprichosos y coléricos o depresivos. En vez de pensar y reflexionar para sacar nuestras propias conclusiones, seguimos la opinión de la mayoría o de la corriente de moda.

 

El lenguaje técnico-cotidiano.

 

Es el que necesitamos para realizar las funciones normales de nuestra vida familiar y laboral. Se le considera un lenguaje neutro, pues se refiere a cosas y no a opiniones ni a juicios de valor. Ejemplo: el lenguaje técnico necesario para arreglar cualquier cosa, para cocinar algo, etc. Nos permite “vivir”.

 

No suele afectarnos en negativo. En exceso, nos aísla de los demás. El abuso, por ejemplo, de internet, nos lleva a crearnos un mundo virtual y limitado, alejado de la realidad. Es fundamental el contacto humano, cara a cara, para nuestro desarrollo individual.

 

El lenguaje del alma.

 

Es el que se produce de corazón a corazón: del corazón de uno hacia el corazón del otro, ya sea un ser humano, una planta, etc. Es trascendente y nos ayuda a encontrar la esencia –corazón– de todo, empezando por uno mismo. Nos permite soñar y, lo que es más importante, plasmar nuestros sueños. No conoce barreras, y las diferencias de credo, raza, condición social, sexo y país entre las personas las considera elementos enriquecedores y no como muros infranqueables. Ve y persigue la unidad en todo.

 

Platón lo relacionaba con “los divinos ocios”, ese tiempo necesario que tenemos que dedicar a enriquecernos y a mejorarnos como personas. Es fundamental para nuestra completura, conocimiento y equilibrio. Nos permite encontrar el sentido de la vida, ¡de la Vida toda y una! Es el lenguaje de la filosofía o amor a la verdad.

 

Hoy es el gran desconocido; por ello todos hablan de crisis, que comienza por crisis de valores: no olvidemos que han sido unos sinvergüenzas avariciosos los que nos han sumido en la crisis actual que atraviesa la humanidad.

 

Si la carencia del lenguaje del alma nos lleva hacia lo vulgar y a que se aprovechen los sinvergüenzas ante nuestra falta de criterio y de valor, su exceso nos lleva a ser personas insoportables, aislados de la realidad, a “estar en las nubes”, a ser auténticos inútiles incapaces de llevar sus conocimientos a la práctica, a hablar mucho del espíritu pero no hacer nada por nadie.

 

De ahí la vieja enseñanza recogida por Sócrates: “Nada en exceso”. Por esto, lo ideal sería que el empleo de los tres tipos de lenguajes estuviera más o menos equilibrado en nuestra vida de adultos: 30% intrascendente, 40% técnico-cotidiano y 30% del alma. Pero en la actualidad es muy diferente: 59% intrascendente, 40% técnico-cotidiano y 1% del alma (y muchas veces 0%).

 

Si nuestras palabras son la expresión de nuestras ideas, veremos que vivimos en un mundo bastante hueco y vacío, ¡que es rellenado por los codiciosos, los tiranos y los brutos!

 

Hemos visto que hay tres tipos distintos de lenguaje: intrascendente (que actualmente ocupa el 59% de la vida de la gente), el técnico-cotidiano (el 40%) y el lenguaje del alma (solo el 1%, como mucho).

 

Hablar, conversar y dialogar: no son lo mismo.

 

Nos vamos a referir a las relaciones entre seres humanos fuera del marco del lenguaje técnico-cotidiano necesario para trabajar y para atender las necesidades físicas, o sea: a las que solemos emplear en nuestro tiempo libre.

 

Lo que establece la diferencia entre estas tres formas de comunicación es el ESCUCHAR. Para saber hablar, primero hay que aprender a escuchar. Y no es lo mismo “oír” que “escuchar”.

 

Oír es algo pasivo: simplemente callamos, pero no prestamos atención a lo que nos dicen y, la mayoría de las veces, ni siquiera a quien nos está hablando; ponemos cara de interesados, de “póquer” o de desgana, según los casos, pero no hay una actitud activa, de voluntad, de real interés por lo que nos dicen. La escucha siempre es activa, trata de contactar con el sentido de las palabras y sentimientos del otro.

 

Hablar.

 

Es característico del lenguaje intrascendente extremo. No hay escucha activa. Oímos, nada más. Nos reunimos por atracción de gustos y solo surgen pequeños matices sobre el tema general que se trata, pero se carece de afán de aprendizaje, normalmente porque este exige un esfuerzo y atención, cuando lo que se trata en estas charlas es de “pasar el rato lo mejor posible”.

 

Se produce un encuentro de afinidades emocionales, sin ideas de fondo. Es característico del llamado “síndrome de Peter Pan”: adultos que no quieren envejecer y de los adolescentes. (Ver lo dicho anteriormente en A.1 sobre el lenguaje intrascendente extremo.)

 

Conversar.

 

Es propio del lenguaje intrascendente moderado, a mitad de camino entre el intrascendente extremo y el del alma. Aquí sí escuchamos. Su mayor expresión es la empatía o capacidad de ponernos en el lugar del otro para comprender lo que quiere decirnos. Conversar viene del latín “convertere”, “dar vueltas” a las palabras, comunicar, relacionarse, trabar o estrechar amistad unas personas con otras. Hay una voluntad y esfuerzo por comprender lo que nos dicen.

 

La conversación no es un monólogo: el monólogo es hablar de uno mismo sin importarnos los demás. Es importante conversar porque unimos afectos –emociones elevadas– a las ideas: nos preocupa el otro o, como diría el poeta y escritor portugués Fernando Pessoa, “nos otramos”, nos ponemos en lugar del otro, y para ello hemos de salir previamente del nuestro (egocentrismo). Nos facilita la convivencia.

 

Al escuchar aprendemos y vamos dando forma a nuestro carácter: empezamos a definir nuestros sueños, lo que queremos ser y hacer con nuestra vida. Si nos quedamos solo con el conversar, podremos tener grandes conocimientos y/o ser seres muy sociables y queridos, pero seremos incompletos, pues nos falta el conversar con nosotros mismos, con nuestro yo interior, que es lo más difícil.

 

Dialogar.

 

Actualmente se utiliza como sinónimo de “discurso” o “propuesta”, pero no es este su sentido original. El origen filosófico de esta palabra se lo debemos a Sócrates, quien le dará el sentido de búsqueda de la verdad o liberación del alma. Del griego “dia-logos”, diálogo significa el encuentro entre dos logos o pensamientos que buscan alcanzar una idea mejor o superior.

 

Hay verdadera “escucha”, pues va más allá de la empatía o ponerse en el lugar del otro: hay concordia, “corazón con corazón”; se escucha y se siente el “alma prisionera”, como diría Platón, tanto la propia como la del otro; se intuye que en realidad no existe un tú ni un yo, sino un “nosotros” porque todos los seres, visibles e invisibles, somos Uno. Es la vía del lenguaje del alma y de la síntesis.

 

Para Ortega y Gasset esta característica del “dia-logos” o encuentro de dos pensamientos, es la base del perfeccionamiento continuo, de la amplitud de criterio y del aspecto social de la filosofía: la filosofía es auténtica comunicación entre varias personas y perfeccionamiento permanente de nuestra forma de pensar.

 

Para el filósofo y antropólogo Fernando Schwarz, “el diálogo es la relación que se establece entre dos seres humanos que se comunican a partir de ser dos conciencias que investigan y buscan una verdad superior; se trata de compartir una presencia invisible a través de una relación visible entre dos personas, porque la verdad `surge´ entre los que están dialogando”.

 

A través del diálogo no se obliga a nadie y se respeta la libertad del otro, es lo más opuesto al fanatismo. El diálogo busca siempre lo universal, lo mejor para todos. Dice Jean Lacroix que “el diálogo es el advenimiento de la filosofía, que es la no violencia”.

 

Raras veces nos movemos en el campo del diálogo, que es el leguaje del alma, pero sí podemos hablar menos y conversar mejor. Para ello necesitamos aprender a escuchar y a reflexionar sobre lo escuchado, para tener ideas propias y saber qué queremos decir. Es una regla básica de la mente: primero necesitamos saber qué queremos, después vendrá cómo lo exponemos. Pero… ¿sabemos REALMENTE lo que queremos?

 

Saber escuchar 

 

Un breve resumen de lo que hemos tratado hasta ahora:

 

  • No sabemos cuándo la humanidad empezó a hablar, pero sí que hay una “gramática universal” y que todos, de pequeños, estamos preparados para aprender cualquier lengua, aunque de mayores ya nos resulte más difícil.
  • No es lo mismo hablar, conversar y dialogar, aunque hoy sean sinónimos. Hablar es el parloteo sin sentido; conversar es compartir ideas y escuchar al otro; dialogar es desarrollar el lenguaje del alma, la búsqueda filosófica: hablar y escuchar de corazón a corazón.
  • Y La importancia de saber escuchar para salir del parloteo y mejorar nuestra capacidad de conversar, dando los pasos que nos lleven al lenguaje del alma, al diálogo socrático, que busca romper todos los límites que aprisionan a nuestro ser interior.

 

¿Por qué es tan importante escuchar bien? Diferentes estudios realizados sobre cómo empleamos nuestro tiempo, fuera del sueño, indican que dedicamos el 20% del tiempo a leer y escribir, el 25% a hablar ¡y el 55% a ¿escuchar?!

 

Y hay una gran diferencia entre OÍR y ESCUCHAR:

 

  • OÍR: es no prestar verdadera atención, es simple captación de una sucesión de sonidos; una actitud pasiva.
  • ESCUCHAR: es más que oír con paciencia a los demás; es interpretar y entender lo que alguien dice, es descubrir el sentido que las palabras encierran; es un comportamiento activo que supone acercamiento y acogimiento a la persona comunicante, y aun de interesarse en lo que de verdad importa al otro; es una actitud activa y consciente.

 

Nuestros malos hábitos para escuchar. Son fruto de una incompleta formación de nuestro carácter y de una no puesta en acción de nuestros valores, lo cual nos hace ser “caprichosos” e “infantiles”, perdiendo muchas de las oportunidades que nos presenta la vida.

 

  • Falta de atención. Prestar atención solo a lo que nos atrae.
  • Falta de concentración. Nos perdemos en los detalles y no llegamos al mensaje que esconde. Es “perderse entre las ramas”.
  • Falta de respeto hacia el otro. Interrumpir al que habla, hablar al mismo tiempo con más de una persona, mostrar con nuestro tono de voz apatía o agresividad, mostrar una actitud corporal pasiva, etc.
  • Rigidez mental. Adaptarlo todo a una idea preconcebida; pensar que nuestra idea es la verdad absoluta, cerrándonos a todas las demás.
  • Desinterés por aprender. Prescindir de escuchar lo que resulta difícil.
  • Egocentrismo. Ignorar el interés del otro.

 

Fruto de nuestros malos hábitos solemos adoptar diferentes posiciones internas negativas, según sea nuestro interlocutor. Lou y Francine Epstein han clasificado “los lugares desde los que escuchamos” en tres niveles: consejeros, víctimas y jueces.

 

  1. Consejeros”: suponemos que cuando el otro nos habla, está esperando que le asesoremos, aconsejemos o le brindemos algún tipo de ayuda. Entonces, mientras nos va contando su historia, tratamos a toda velocidad de encontrarle una solución a lo que nos plantea, que disparamos apenas termina. Esto, lejos de ayudarle, lo “desordena” y le genera un sentimiento de ineficiencia e incompetencia por no haber “sabido” actuar mejor, cuando la solución parecía haber sido tan sencilla.

 

  1. Víctimas”: cuando alguien empieza a contarnos algo, comenzamos a procesar en paralelo cómo va a afectarnos eso que nos está diciendo, qué consecuencias va a acarrearnos. Según los Epstein, es el mecanismo que más contamina nuestra escucha, porque nos inserta en el territorio de nuestros temores, dudas y angustias, dejando de escuchar.

 

  1. Jueces”: escuchamos al otro desde una postura crítica, para aprobar o desaprobar lo que dice, para juzgar o para emitir una opinión. Mientras el otro habla, vamos repasando toda la información que tenemos almacenada “en nuestros archivos mentales” y vamos chequeando si la contradice o no, si se corresponde o no con nuestras creencias, vamos enjuiciándola a cada minuto. Nos autolimita, impidiendo ampliar nuestros conocimientos al no escuchar alternativas, enfoques y conceptos que pueden llegar a enriquecernos; no le damos entrada real a nada ni a nadie distinto a lo que pensamos. Nos quedamos atados al pasado, sin permitir que la escucha alimente nuestro futuro.

 

En los tres casos, la solución siempre es la misma:

 

1.º Empezar por ser conscientes de que realmente queremos “escuchar” al otro.

2.º Serenarnos y llegar a la conversación con el ánimo sereno y la mente abierta: sin serenidad emocional no hay paz mental.

3.º Durante la conversación, mantener el estado de humildad –no lo sabemos todo– y de atención: esforzarnos por entender “lo que nos quiere decir” y no perdernos en las palabras que utilice.

4.º Asegurarnos de que estamos entendiendo de verdad el mensaje que nos envía; para ello, reformular: hacerle breves preguntas sobre lo que nos dice, pero con nuestras palabras, y también preguntarle que nos aclare lo que no entendamos.

5.º No olvidar la regla de oro para una buena y eficaz escucha: ¡CÁLLATE! Deja que sea el otro quien hable, déjale contar su historia. Para escuchar hay que dejar de hablar.

6.º Cuando termine de hablar, no le des consejos si no te los pide, y si se los das, que sean los que han surgido de él mismo porque ¡tiene el derecho a tomar sus decisiones y a equivocarse!, pues también tiene el deber de decidir y de corregirse para ser mejor.

7.º y último: reflexiona sobre lo que has escuchado, trata de aprender algo de esa conversación, por pequeño que sea; mantén tu mente abierta y sigue esforzándote por mejorar tu capacidad de escuchar; así serás más útil a los demás y a ti mismo.

 

Trata primero de comprender, y después, de ser comprendido.

 

Quien sabe escuchar siempre está aprendiendo, lo cual le permite tener unas ideas más claras y, por tanto, sabe qué quiere decir y a dónde pretende llegar. Es el paso necesario para desarrollar el lenguaje del alma, el que va de corazón a corazón, el verdadero lenguaje que persigue la filosofía. Pero recuerda: PRIMERO, APRENDE A ESCUCHAR; DESPUÉS, PODRÁS ESCUCHARTE, CONOCERTE y CONOCER.

 

Publicado el 17 Agosto 2011

Javier Saura

 

Licencia:

 

Copyleft © 2014 Filosofía para la Vida – Some Rights Reserved

 

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Fuente: Nueva Acrópolis 

Imagen: Art of talking  

 

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fuente Manuel Gross, Comunicación interpersonal: El arte de hablar, escuchar, conversar y dialogar.

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