Necesitamos creer

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Necesitamos creer
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Necesitamos creer


Se desinflaron las “facturas ideológicamente falsas”
Finalmente el Servicio de Impuestos Internos anunció que cerraría sin querellas todas las investigaciones pendientes de financiamiento irregular de las campañas, donde las grandes empresas hicieron pagos a políticos que no se ajustaron a la ley electoral en su momento.

Hay que recordar como empezó todo: Hugo Bravo, ejecutivo de Penta era investigado por un fraude tributario que hacía en complicidad con ex funcionarios del servicio, como sus jefes no lo salvaron -por el contrario lo desvincularon- no se le ocurrió mejor idea que denunciar que encargaban “estudios falsos” para evadir impuestos, lo que dió inicio a una vergonzosa cacería de brujas liderada por fiscales de izquierda, que vieron la oportunidad de oro para hundir a la oposición. El poder judicial se prestó para el embuste y hasta tuvieron presos un par de semanas a los dueños de Penta.

Resulta que los delitos no existían, como mucho eran “gastos mal imputados” pero abrieron la puerta a investigar como se había financiado la campaña de la actual presidenta Michele Bachellet, que estaba repleta de engaños burdos y aportes multibillonarios de las empresas más grandes de Chile: Soquimich, Endesa, Corpesca y varias más. Fue un ejercicio de hipocresía vergonzoso que recuerde, escribí acá mismo que todo era un embuste, desde el principio, el tiempo me dio la razón.

La pérdida de respeto
Leía en Internet un artículo interesante del European Journal of Comunication, se llama Trust no one: Modernization, paranoia and conspiracy culture. Se trata de el florecimiento de las teorías conspirativas, como lo que se ha inventado en torno al asesinato de Kennedy, los ataques del 11 de septiembre, la muerte de la princesa Diana o las vacunas contra la gripe que supuestamente inyectan microchips para controlar a las personas.

El artículo hace notar -certeramente a mi modo de ver- que estas teorías de conspiración no son solo un invento de locos ignorantes sino un reflejo de la profunda desconfianza de las personas que ha creado el proceso de modernización, en particular hacia instituciones que siempre se habían creído respetables, como la ciencia por ejemplo. Esta creencia en las conspiraciones nace del “deseo de creer” que tienen las personas comunes dentro de un mundo de desencanto donde ninguna institución tradicional les da certeza.

Es un asunto muy interesante, en el artículo dicen que tradicionalmente las ciencias sociales han tendido a despreciar o condenar moralmente las ideas y cultura conspiracionistas, identíficándolas con algún desorden mental como la personalidad paranoica. Pero las teorías de la conspiración ya no son exóticas anormalidades, que amenazan al pensamiento moderno, racional y científico. Por el contrario, afirma el artículo que son una expresión inevitable de la modernidad y de lo racional, que induce a desconfiar de todo. La paranoia ya no es una rareza sino que un fenómeno social común y extendido.

Yo mismo me tomo con un grano de sal todas esas pretensiones “científicas” de la medicina. Es un buen ejemplo cuando los médicos alegan contra la homeopatía  o contra muchos tratamientos no aleopatas, resulta que todo el conocimiento médico que existe está muy lejos de ser fundamentado como las ciencias físicas, que son mucho más sencillas, incluso el conocimiento físico más elemental de la física está muy lejos de ser definitivo. Hablar de “ciencia médica” como si fuese algo que permite descartar otros conocimientos me parece un poco ridículo.

Y es que mientras más sabemos, más dudamos. Es un hecho que solo el ignorante está lleno de certezas. Alguna vez yo pensé que el positivismo de Comte era la única forma de conocimiento que valía la pena, ahora me da risa mi ingenuidad de entonces.

El conocimiento debe ser útil
Y es que el conocimiento tiene poco o nada que ver con la verdad o la realidad, esas son cosas que están mucho más allá de nuestro alcance, siempre que algún iluso me habla sobre “lo que es real” me da un poco de lástima por ingenuo. El conocimiento es un herramienta que a veces nos ayuda mantenernos vivos y más o menos contentos, aparte de eso, poco y nada sabemos.

La medida del conocimiento debe ser si nos sirve o no. Mientras más se moderniza el mundo y mientras más cosas sabemos tendremos más dudas y menos certezas, las teorías de conspiración seguramente nos sirven en el sentido que cubren nuestra necesidad de creer cuando ya no tenemos pilares firmes de credibilidad a que agarrarnos.

El conocimiento nos hace desconfiar
Eso lo vemos acá mismo, en nuestra política. A medida que nos modernizamos vamos viendo cosas que nunca supimos antes. No recuerdo que un presidente se haya atribuido una profesión que no tiene, como pasa con nuestra presidente con su supuesto título de médico pediatra que jamás ha podido mostrar. Parece una cosa pequeña pero no lo es, no solo se trata de mentir por vanidad sobre una profesión, sino que trabajó como médico, cobró sueldos, diagnosticó y recetó tratamientos. Creo que es algo que vemos por primera vez en nuestra historia, salvo el caso de Cristina Fernández que al parecer tampoco es abogado.

Necesitamos creer
Aunque muchas veces se comentaba sotto voce que los jueces eran comprables y que muchos oficiales de carabineros eran corruptos, ahora lo vemos. Que las más altas autoridades son deshonestas, que los fiscales pueden ser peores que los delincuentes, lo vemos y nos tambalea el piso. Por eso inventamos y creemos tan fácilmente en las teorías de conspiración, por eso creemos cuando los políticos inventan delitos inexistentes y hacen gran escándalo moralizando por el asunto: necesitamos creer.
fuente , Necesitamos creer