cine

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El secreto de una obsesión

Es inevitable obviar un original tan trascendente como ‘El secreto de sus ojos’ (J.J. Campanella, 2009) al valorar este remake. Máxime cuando los esfuerzos por darle la vuelta del director y guionista, esos significativos cambios en la trama, fundamentalmente centrados en el rol de una estupenda Julia Roberts, van de la mano con la copia de algunas escenas clave (con el tremendo plano secuencia de la persecución en el estadio no acaban de atreverse). Así las cosas, la emocionante y tronchante (aquí el humor brilla por su ausencia) mezcla de noir y contenida tragedia romántica de entonces se torna aquí un thriller eficaz sostenido por su mediático cast.


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Cemetery of Splendour

Cemetery of Splendour, la nueva película del tailandés Apichatpong Weerasethakul, es un cuento que transcurre en un pequeño hospital rural donde residen unos soldados afectados por una misteriosa enfermedad del sueño. Magia, tradición oral y espiritualidad se dan cita en una historia que entremezcla el presente y el pasado esplendoroso de una zona donde conviven vivos y muertos, médiums y princesas de otras épocas.


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Efraín

Pese a que el protagonista de esta película etíope es un niño (y su oveja, siempre en el punto de mira y los deseos de los adultos y sus costumbres carnívoras), ‘Efraín’ habla de las mujeres y de cómo, en pleno siglo XXI, parece que aún tengan unas tareas predeterminadas e inamovibles y un rol social, situación que la llegada del chiquillo trastocará y cuestionará.

Los chicos no cocinan, tiene que oír varias veces ‘Efraín’, una más de las frases que, como espectadores occidentales, nos chocan dentro de una película que no descarta la rabia, pero la flitra a través de una historia de aprendizaje, frustración y esperanza de cambio.


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El infierno verde

Un grupo de estudiantes activistas deja su plácida vida en Nueva York para aventurarse en las selvas remotas de Perú, en defensa de la naturaleza y como forma de protesta contra las grandes corporaciones que explotan la tierra virgen. Pero tras un accidente, van a dar con una tribu de caníbales. En tierra desconocida y ante unas costumbres bárbaras, los jóvenes se darán cuenta de que si quieren salir de allí con vida deben dejar de lado sus buenas formas y luchar a vida o muerte por sobrevivir.


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Orgullo + Prejuicio + Zombis

Todo devorador de novelas románticas de época sabe que lo único que diferencia la pomposidad de un baile de gala con una escabechina en el campo de batalla es el tipo de calzado. Burr Steers, director de aquella conversión de un contemporáneo relato adolescente y familiar neurótico en una novela decimonónica de William Thackeray (‘Igby Goes Down’, 2002), le pone botas de guerrero ninja a los arquetípicos personajes de Jane Austen para que pasen de coreografías de salón en sus mansiones a la decapitación de nomuertos en cámara lenta.

Steers va a aplicar durante todo el metraje esta dicotomía: los zombis y el fin del mundo que esperan en el exterior de una asolada Inglaterra son el reflejo de esa misma estirada clase social que reprime sentimientos y pretende guardar las formas. Así, a cada monólogo o diálogo en los que se encierra en convencionalismos conceptos como amor, deseo o compromiso (filmados como si se tratara de una parodia de alguna serie de la BBC) le sucede un liberador ejercicio de gore.


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Resucitado

Las películas bíblicas. Ese género que sirvió al Hollywood clásico para deslumbrar a través de buenas toneladas de oropel en algunas de sus producciones más ambiciosas. Las películas bíblicas, algunas tan pretenciosas, otras tan naíf. Ha habido de todo, desde el lujo y esplendor hasta el más adorable subproducto. Los autores contemporáneos también las han recuperado desde diferentes perspectivas. De Mel Gibson a Darren Aronofsky pasando por Ridley Scott. De nuevo, algunas tan pretenciosas, otras tan naíf. Siempre se tiende a la pompa. A la grandilocuencia visual. Es algo que parece inherente a ellas, está en su código genético. Y pocas han alcanzado el vitriolo y la contundencia del maestro Scorsese en ‘La última tentación de Cristo’.

Ahora, un director al que prácticamente habíamos olvidado, Kevin Reynolds (el de ‘Waterworld’ y ‘Robin Hood, el príncipe de los ladrones’) regresa con una película bíblica en toda regla, de esas en las que no se pone en cuestionamiento la fe, la religión o la existencia de Dios. Y lo hace volviendo a los orígenes, revisitando en cierta medida ‘La túnica sagrada’ al convertir en protagonista de la función a un tribuno (Joseph Fiennes), que termina convirtiéndose al cristianismo después de haber asistido a la crucifixión de Jesús y contemplar sus milagros.

Quizás, lo más curioso de esta no pretenciosa, pero sí muy naíf película, sea la de aportar un tono detestivesco y ligero a la función. Un itinerario de pesquisas trufado con algunas escenas de acción poderosas que desemboca en un clímax final al borde del delirio mesiánico y doctrinario que termina echando por tierra los esfuerzos por aportar un punto de vista diferente para caer en la garras del panfleto de militancia católica con mensaje de catequesis.


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O los tres o ninguno

“Esto no es ninguna broma. Te van a matar”, advierten al protagonista de este homenaje que el showman Kheiron dedica a sus políticamente implicados padres, contando su accidentada huida a Francia desde su Irán natal. Tampoco el director parece tomarse el asunto demasiado en serio: en su apuesta por el cuento naíf, y con ecos a la mirada de Roberto Benigni sobre el Holocausto en ‘La vida es bella’ (1997), Kheiron roza la frivolidad al describir (torturas en prisión y vendettas incluidas) el régimen pre-Jomeini.

En un eficaz ejercicio yo me lo guiso yo me lo como, no sólo da vida a su propio progenitor: también dirige y escribe el film, todo un éxito de público en su país. No es de extrañar, porque maneja la narrativa con oficio, destila la ternura propia de quien está emocionalmente implicado en lo que cuenta, consigue afortunados hallazgos cómicos (lancaricatura del Sha de Persia es tronchante) y deja ese sabor buenrollista
ideal para una tarde de domingo.


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Tribunal

En uno de los anuncios más ingenuamente xenófobos que ha conocido nuestra televisión en los últimos años, se nos vendía un ron bromeando con el modus vivendi, relajado hasta la más absoluta pachorra, de los habitantes caribeños. “Me estáis estresaaaando”, resolvía el conductor de un autobús cuando el pasaje le recriminaba estar retrasándose en el horario de trayecto, en un gag que pretendía responder a “qué ocurriría si en el Caribe se tomaran tan en serio la vida como el resto de los mortales”.

Esa mirada irónica y distante hacia una sociedad con mecanismos difíciles de comprender es la que imprime, con mucho mayor acierto, el indio Chaitanya Tamhane a su ópera prima, premiada hace un par de años en el Festival de Venecia. ‘Tribunal’ narra la kafkiana odisea de un poeta y cantautor juzgado por haber provocado el suicidio de un proletario con la letra de uno de los temas que entonó en un recital. Tamhane retrata la parsimoniosa ineficacia de la justicia en la India partiendo de las distintas vistas del proceso del poeta, pero incorporando a la narración  fugas a las vidas privadas de los personajes principales de la función: el acusado, su abogado defensor, la fiscal y el juez. De este modo, partiendo del microsuceso, el director obtiene una amplia panorámica de la sociedad india, sus contradicciones, el conflicto entre la vida pública y la espiritual, o la guerra fría entre castas y clases sociales.

Tamhane construye su obra desde la lejanía, con una fría y distante cámara inmóvil que retrata a sus personajes sin mezclarse con ellos. No hay empatía con ninguno de ellos, pues todos son víctimas de sus propias paradojas. El espectador es libre de tomar partido por cualquiera de las partes, pero el director no separa la esfera laboral de la privada, dejando entrever que la justicia está inevitablemente intoxicada por las creencias de aquellos encargados de ejercerla, y entorpecida por una burocracia de ritmos caribeños que no se estresa frente a nada, y que es capaz de dejar en el limbo a un procesado sencillamente porque llegan las vacaciones y el juzgado debe cerrar sus puertas.


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Primavera en Normandía

En la misma plácida campiña donde Flaubert ubicó a su arquetipo femenino se desarrolla esta trama sentimental que traza paralelismos entre la celebérrima Emma Bovary y esta Gemma Bovery por la que se derrite, embobado, el protagonista masculino (un eficaz Fabrice Luchini, cada día más parecido a Cruyf), que es quien pauta con su voz interior y su imaginación, empapada de literatura y romanticismo, los meandros del relato.

El film de Anne Fontaine es refinado y tan aromático como ese pan artesanal o esas copas de vino que tanto proliferan en sus imágenes. Gemma Artenton repite, más o menos, el registro de jovial calientabraguetas ya ensayado en ‘Tamara Drewe’ (S. Frears, 2010), y su sensualidad (esa escena en que amasa el pan y se recoge el cabello), a menudo teñida de una real tristeza, inunda torrencialmente la película. Una película cuyo mayor logro está en su tramo final: un desenlace tan inesperado como irónico al que todavía sigue un ingenioso, divertido equívoco referente a Tolstói.


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No crezcas o morirás

El cine de terror es en sí mismo una gran y nada críptica metáfora. Se dirige de una manera directa a nuestro subconsciente y le habla de nuestros miedos, unos temores que siempre tienen que ver con la incertidumbre de lo que hay detrás de la realidad. Nos horroriza lo desconocido, pero menos que descubrirlo en lo conocido, estado de desestabilización absoluto, de salto al vacío. Expresen esos pavores las películas de una manera u otra, con mayor o menor acierto, esa lectura íntima que muta en verdad generalizada se halla presente. ‘No crezcas o morirás’ pertenece a ese grupo de obras  humildes, sabedoras de sus carencias (no tiene un buen director o un reparto que pasará a la historia) y limitaciones (aspecto de cortometraje barato inflado hasta menos de 80 minutos) pero que sabe retratar muy bien esa esencia universal del horror. 

En esta moda que vivimos de distopías juveniles en las cuales el mundo adulto es una jungla, es el peligro y el desorden, ‘No crezcas o morirás’ incide en ello pero con un pesimismo atroz: ningún adolescente se alzará como mesías, líder o salvador… porque el adolescente está condenado a desaparecer, a morir y a cambiar al convertirse en adulto. Reverso de la magistral ‘¿Quién puede matar a un niño?’, de Narciso Ibáñez Serrador (la isla, el bote, la huida imposible, el despertar hormonal letal…), aquí los adultos matan a los niños y adolescentes, matan a sus hijos. La máxima freudiana de matar al padre entra en territorio distópico, de ‘The Twilight Zone’ o de aquel tebeo de Trillo y Altuna (‘El último recreo’) con un mundo sin adultos y con un extraño virus que mata cuando se alcanza esa edad madura…  La metáfora es de manual en la película que nos ocupa: el miedo a crecer, a dejar la infancia y la adolescencia, a convertirnos en nuestros padres y ser nosotros mismos verdugos de nuestros hijos. Como en muchos ejemplos del género, el film se pierde a veces, bascula entre las convenciones de los títulos de/con infectados/zombis y un aire casi del Ken Loach social. Y del cine de teenagers, por supuesto (ese romance y esos personajes arquetípicos). Todo, con sus peros, para conseguir y seguir apelando al terror esencial: somos todos sombras de una muerte segura. 


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El Camino más largo

El 11 de noviembre de 2009 Enrique Bunbury actuó en el Estadio Azteca de México, convirtiéndose en el primer músico español en congregar 90.000 personas en un solo concierto en Latinoamércia y en solitario. Unos meses después, la estrella de rock decide afrontar un nuevo reto adentrándose en un fascinante e inédito tour por carretera a lo largo y ancho de Estados Unidos, en compañía de su banda, su mujer y su gato, dando conciertos en lugares nunca antes explorados por el rock español. Lo que en un principio parecía un apasionante viaje para conquistar nueva audiencia y un nuevo mercado, pronto se torna en un inesperado viaje interior de Enrique a sus propias luces y sombras con la música, convirtiéndose en un viaje vital donde cada kilómetro es como si fuera el último y donde sólo hay una forma de alcanzar la meta. El Camino Más Largo.


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Todos los caminos de Dios

Una evocación contemporánea de Judas Iscariote que fuga de su propia culpabilidad después de traicionar a su mejor amigo. Se adentra en un bosque y, perdido en sí mismo, conoce a un misterioso joven. El joven le acompañará en su camino de arrepentimiento y penitencia, y le ayudará a lidiar con sus sentimientos, a entender su culpa y enfrentarse a lo que ha hecho. Esta es la historia de los tres últimos días de un arrepentido.


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El amor es más fuerte que las bombas

Joachim Trier es un maestro de los tiempos suspendidos. Así como el protagonista de la magnífica ‘Oslo, 31 de agosto’ (2011) vagaba como un fantasma visitando los lugares de su pasado sabiendo secretamente que nunca más iba a volver a pisarlos, la Isabelle Huppert de ‘El amor es más fuerte que las bombas’ asoma su inconformismo desde el otro lado de las cosas en los flashbacks que hechizan la disolución de su familia. La contención nórdica que Trier imprime a un melodrama típicamente USA (el de la unidad familiar azotada por la pérdida) va a favor y en contra de la película: por un lado, deseca las lágrimas de la dinámica relacional de padre e hijos, marcada indefectiblemente por la incomunicación y el resentimiento, y le quita toda huella de sentimentalismo.

Por otro, la autoconsciente resistencia de Trier a descifrar el enigma de la madre fotógrafa, más adicta a la adrenalina de los conflictos bélicos que a la visible necesidad de reconstruir su matrimonio, acaba por convertirse en un interrogante demasiado grande para ignorarlo.


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13 horas: Los soldados secretos de Bengasi

Michael Bay no es Sam Fuller. Comparten relampagueantes estallidos de violencia, salidos directamente de las entrañas, utilizados como pie de página de un sentido narrativo anárquico al cual el formato del fotograma se le queda pequeño. Pero Bay no es Fuller. Eso quedó demostrado en ‘Pearl Harbor’ (2001), fallido mix entre drama bélico y fotonovela patriótica. En su retorno al género demuestra haber aprendido de sus errores y asumido que no le interesan los personajes, sólo utilizarlos como abstractos entes, como carne de cañón.

Sam Fuller también ahondaba en la despersonalización del soldado como máquina de matar y cumplir órdenes, pero seguía mostrando a personas. Los marines asediados por una masa amorfa, letal y anónima de esta reconstrucción barroca del asalto a la embajada USA en Bengasi en 2012, no pretenden nunca transmitir un interés humano sino personalizar, corporeizar el miedo. La guerra es el Inferno, y Michael Bay sabe hacerlo tangible, visible, meternos de cabeza en él. Cine de terror antes que propagandístico.


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El niño y el mundo

En El niño y el mundo, Abreu mira como su protagonista, mira como un niño. Esta mirada inocente construye la narrativa de la película, pero también define su técnica: el director dibuja
libre como un niño, mezclando todo tipo de colores y técnicas, marcadas por una banda musical con mucha personalidad que da sentido a cada secuencia.


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Eisenstein en Guanajuato

Si Eisenstein hubiera nacido hace tres décadas, ¿no habría admirado los experimentos multipantalla de Peter Greenaway, la densidad de su montaje por capas, su insaciable curiosidad? Es obvio que Greenaway admira al maestro soviético por haberse anticipado un siglo a muchos de los hallazgos de la imagen digital, y, sin embargo, celebra su figura en un biopic desmitificador. Eisenstein era un genio, por supuesto, pero un poco provinciano y un mucho reprimido, y Greenaway (vestido del Ken Russell más provocador) no duda coronar la pérdida de su virginidad homosexual clavándole una bandera rusa en el culo.

Suena tan grosero y frívolo como en realidad es, pero probablemente es la mejor manera de examinar el transformador paso por México de Eisenstein sin perder el sentido del humor que, junto a una corrosiva inteligencia, siguen siendo las virtudes más llamativas del cine de Greenaway.


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La academia de las musas

Al regresar a casa de una de sus clases, un profesor (Rafaele Pinto) se enfrenta a su esposa (Rosa Delor Muns) que no ve con buenos ojos su proyecto pedagógico de crear una academia de las musas de inspiración clásica para regenerar el mundo a través de la poesía.


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Point Break (Sin límites)

En 1991, Kathryn Bigelow esculpió una cult movie para la modernidad, ‘Le llaman Bodhi’, de calidad si se quiere discutible pero innegable poder icónico. Keanu Reeves era allí un agente del FBI que se infiltraba en una banda de atracadores surfistas encabezada por Patrick Swayze, de quien se hacía mano derecha. La peculiaridad de la trama, el clásico relato de la amistad traicionada, estaba en su fleco místico, que llegaba a contagiar al propio agente. ‘Point Break’ era su título original y lo es ahora de este remake que recupera la premisa, resta importancia a los atracos y al surf (un par de escenas y listos) y se centra más en las altas montañas, donde la adicción al peligro juega su papel esencial ya desde el deslumbrante prólogo situado siete años antes de la acción, cuando el protagonista y futuro agente pierde accidentalmente a su amigo aventurero.

La película de Ericson Core es de narración funcional y estética clásica, lejos de la estilizada y algo videoclipera factura del film de Bigelow. Y los actores protagonistas, Luke Bracey y Edger Ramirez, no tienen ni una onza del carisma de Reeves y Swayze, éste en el rol más complejo de su carrera. Pero la obra es un megaespectáculo lujoso y sus escenas de acción, diseñadas para un 3-D tan vertiginoso como el de ‘El desafío’, de Robert Zemeckis, cortan el hipo, sobre todo esos saltos al vacío que hacen de los héroes águilas humanas saboreando el gusto de la muerte.


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El mundo abandonado

En el transcurso de su carrera, un director tan serio como Rainer Werner Fassbinder tomó elementos del melodrama (a lo Douglas Sirk) para contar sus historias, incluso las más politizadas y críticas con la sociedad. ¿Por qué no puede ahora hacerlo su compatriota Margarethe von Trotta, a la que, con motivo del estreno de este film, se la ha tildado de sensiblera o de hacer concesiones al culebrón?

Poco de eso hay en una cinta que comienza como ‘Todo sobre mi madre’ (Pedro Almodóvar, 1999), con esa visita de Riemann al camerino de la diva Sukowa, y se desarrolla como un drama familiar con misterio incluido. Una película llena de temas amados por su realizadora, y nada, nada menor.


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Zonda Folclore argentino

¿Otro documental musical de Carlos Saura? Pues sí, ‘Zonda, folclore argentino’ no es nada más pero tampoco nada menos que eso. El director de ‘Flamenco’ (1995), ‘Tango’ (1998) o ‘Fados’ (2007) hechiza esta vez al espectador con la otra música Argentina, la menos conocida internacionalmente, la del norte del país. No estamos ante el tratado académico de un musicólogo sino ante el álbum personal, caprichoso, entusiasta de un aficionado que comparte su pasión. 

Le bastan al cineasta, como es ya su seña de identidad en estos musicales, unos lienzos blancos,  juegos de sombras, focos de colores, espejos y proyecciones  para atrapar, exento de cualquier artificio o aroma a rancio, el alma de estos cantos y bailes populares. Los intérpretes se suceden sin ningún hilo conductor, componiendo imágenes de gran belleza plástica. Brillan la desgarrada zamba ‘Luna tucumana’, de Liliana Herrero; el divertimento ‘Gato sachero’, de Walter Soria,  o el malambo con boleadoras y bombo criollo, filmado con planos cenitales. Hasta  alcanzar su punto de máxima emoción con el homenaje a la gran Mercedes Sosa y su ‘Todo cambia’, en una filmación de archivo. 

El resultado es una película en la que la estilizada puesta en escena y la deslumbrante fotografía de Félix Monti (‘El secreto de sus ojos’), lejos de eclipsarla, se ponen al servicio de la protagonista de la pantalla, la música. Al principio cuesta un poco entrar en la propuesta,  ya que el director ha elegido empezar con los temas menos vistosos, filmados de un modo más estático, pero pronto te atrapa, provocando querer ver de nuevo cada número nada más que se acaba.   


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